lunes, 19 de octubre de 2020

 

Fragmento de Los Miserables (1862) de Victor Hugo..

Ampliación del Horizonte

Los choques de los ingenios jóvenes entre sí tienen de admirable que nunca se puede prever la chispa ni adivinar el relámpago. ¿Qué va a surgir inmediatamente? Se ignora. La carcajada sale del enternecimiento. En el momento bufón hace su entrada lo serio. Los impulsos dependen de una palabra cualquiera. La inspiración de cada uno es soberana. Una burla basta para abrir el campo a lo inesperado. Son conversaciones de giros bruscos en las que la perspectiva cambia de pronto. El azar es el maquinista de esas conversaciones.

Un pensamiento severo, extrañamente salido de un triquitraque de frases, atravesó de pronto la refriega de palabras que libraban confusamente Grantaire, Bahorel, Prouvaire, Bossuet, Combeferre y Courfeyrac.

¿Como sobreviene una frase en el diálogo? ¿A que se debe que se subraye de pronto en la atención de quienes la oyen? Acabamos de decirlo: nadie lo sabe. En medio de la algarabía, Bossuet terminó de pronto un apóstrofe cualquiera dirigido a Combeferre con esta fecha: 

 -18 de junio de 1815: Waterloo.

Al oír ese nombre de Waterloo, Mario, acodado junto a un vaso de agua en una mesa, se quitó el puño debajo de la barbilla y comenzó a mirar fijamente al auditorio.

-¡Pardiéz!- exclamó Courfeyrac, aunque el pardiez caía en desuso en esa época-, esa cifra 18 es extraña y me impresiona. Es el número fatal de Bonaparte. Poned a Luis delante y a Brumario después y tendréis todo el destino del hombre, con esta particularidad expresiva: que el comienzo es acozado por el fin.

Enjolras, hasta entonces mudo, rompió el silencio y dirigió a Courfeyrac estas palabras:

-Quieres decir el crimen por la expiación.

Esa palabra crimen sobrepasaba la medida de lo que podía aceptar Mario, ya muy conmovido por la brusca evocación de Waterloo.

Se levantó, se dirigió lentamente hacia el mapa de Francia desplegado en la pared y debajo del cual se veía una isla en un compartimiento separado, posó un dedo sobre ese compartimiento y dijo:

-Córcega. Una pequeña isla que ha hecho a Francia muy grande.

Fue un soplo de viento helado. Todos se interrumpieron. Se sentía que algo iba a comenzar.

Bahorel, para replicar a Bossuet, adoptaba en aquel momento una actitud del torso a la que tenía aficción, pero renunció a ella para escuchar.

Enjolras, cuyos ojos azules no estaban fijos en nadie y parecían contemplar el vacío, respondió sin mirar a Mario:

-Francia no necesita de ninguna Córcega para ser grande. Francia es grande porque es Francia. Quia nomimor leo (Porque me llamo león)

Mario no sintió deseo alguno de retroceder; se volvió hacia Enjolras y su voz estalló con una vibración que provenía del estremecimiento de las entrañas:

-¡Dios no quiera yo rebaje a Francia! Pero no se la disminuye si se le amalgama Napoleón. Hablemos, pues, de ello. Yo soy nuevo entre ustedes, pero les confieso que me asombran. ¿En dónde estamos? ¿Quiénes son ustedes? ¿Quién soy yo? Expliquémonos con respecto al Emperador. Les oigo decir Buonaparte acentuando la u como los realistas. Les prevengo que mi abuelo hace más todavía; dice Buonaparté. Yo los creía a ustedes jóvenes. Pero entonces, ¿en qué ponen sus entusiasmo? ¿Qué es lo que hacen con él? ¿A quién admiran si no admiran al Emperador? ¿Que más necesitan? Si no quieren ustedes a un gran hombre, ¿a que grandes hombres quieren? Él lo tenía todo. Era completo. Poseía en el cerebro todas las facultades humanas elevadas al cubo. Hacía códigos con Justiniano, dictaba como César, en su conversación se mezclaba el relámpago de Pascal con el rayo de Tácito, hacia la historia y la escribía, sus partes de guerra son Ilíadas, combinaba la cifra de Newton con la metáfora de Mahoma, dejó tras sí en el Oriente palabras tan grandes como las Pirámides, en el Tilsit enseñó majestad a los emperadores, en la Academia de Ciencias dio la réplica a Laplace, en el Consejo de Estado hizo frente a Merlín, dio un alma a la geometría de los unos y a las triquiñuelas de los otros, era legista con los procuradores y sideral con los astrónomos; como Cromwel, apagaba una vela de cada dos; iba al Temple a regatear una borla de cortina; lo veía todo, lo sabía todo, lo que no le impedía reír con una risa bonachona junto a la cuna de su hijito; y de pronto Europa asustada oía ejércitos que se ponían en marcha, parques de artillería que rodaban, puentes de barcas que se extendían sobre los ríos, nubes de caballería que galopaban entre el huracán, gritos, trompetas, temblor de tronos en todas partes, fronteras de reinos que oscilaban en el mapa; se oía el ruido de una espada sobrehumana que salía de la vaina y luego se le veía a él erguirse en el horizonte con un resplandor en la mano y un fulgor en los ojos, desplegando entre truenos sus dos alas, el Gran Ejército y la vieja guardia, ¡y era el arcángel de la guerra!

Todos callaban y Enjolras bajó la cabeza. El silencio produce siempre un poco el efecto de la aquiescencia o de una especie de puesta entre la espada y la pared. Mario, casi sin tomar aliento, continuó con un aumento de entusiasmo:

-¡Seamos justos, amigos míos! Ser el imperio de tal emperador: ¡que espléndido destino para un pueblo, cuando ese pueblo es Francia y añade su genio al genio de ese hombre! Aparecer y reinar, marchar y triunfar, tener como etapas todas las capitales, tomar a sus granaderos y hacer de ellos reyes, decretar caídas de dinastías, transfigurar a Europa a paso de carga, que se sienta cuando amenazáis que ponéis la mano en el pomo de la espada de Dios, seguir en un solo hombre a Aníbal, Cesar y Carlomagno; ser el pueblo de alguien que mezcla con todas vuestras albas el anuncio brillante de una batalla ganada, tener como despertador el cañon de los Inválidos, arrojar en abismos de luz palabras prodigiosas que resplandecen eternamente: Marengo, Arcola, Austerlitz, Jena, Wagram; hacer a cada instante que despunten en el cenit de los siglos constelaciones de victorias, dar el imperio francés como pareja del imperio romano, ser la gran nación y parir el gran ejército, hacer que vuelen por toda la tierra sus legiones como una montaña envía en todas las direcciones sus águilas, dominar, fulminar, vencer; ser en Europa una especie de pueblo dorado a fuerza de gloria, tocar a través de la historia una marcha militar de titanes, conquistar el mundo dos veces, mediante la conquista y mediante el deslumbramiento; todo es sublime. ¿Hay algo más grande?

-Ser libre-contestó Combefferre

Mario, a su vez, bajó la cabeza. Esas palabras sencillas y frías habían atravesado como una hoja de acero su efusión épica, y la sintió desvanecerse en él. Cuando levantó la vista ya no estaba allí Combeferre. Satisfecho, probablemente, con su réplica a la apoteosis, acababa de irse, y todos, con excepción de Enjolras, le habían seguido. La sala estaba vacía. Enjolras, solo con Mario, le miraba gravemente. Sin emargo, Mario, después de recoger un poco sus idead, no se daba por vencido; había en él un resto de efervescencia que se iba a traducir, sin duda, en silogismos desplegados contra Enjolras, cuando de pronto se oyó a alguien que cantaba en la escalera mientras se alejaba. Era Combeferre y he aquí lo que cantaba:

Si César m`avait donné
La gloire et la guerre,
Et qu`il me fallût quitter
L`amour de ma mère,
Je dirais au grand César:
Reprends ton sceptre et ton char,
J`aime mieux ma mère, o gué!
J`aime mieux ma mère.

(Si César me hubiera dado
la gloria y la guerra
 y para ello tuviera que renunciar
 al amor de mi madre,
 le diría al gran César:
 "vuelve a tomar tu cetro y tu carro;
 prefiero a mi madre".)

El acento tierno y bravío con que Combeferre la entonaba daba a esa canción una especie de grandeza extraña. Mario, pensativo y con la vista clavada en el techo, repitió casi maquinalmente; "¿Mi Madre?"

En ese momento sintió en el hombro la mano de Enjolras.

-Ciudadano -le dijo Enjolras-, mi madre es la República.




miércoles, 13 de julio de 2016



Fragmento de "La montaña Mágica"(1924) de Thomas Mann.

La cocaína, el opio, el vicio...lo pecaminoso no es eso. El pecado que no tiene perdón es...
Se interrumpió. Ancho y alto, vuelto hacia su vecino, permaneció sumido en un silencio poderosamente expresivo que obligaba a comprender con el índice en alto y la boca como desgarrada bajo el labio superior afeitado y colorado, con ligeros rasguños de la navaja, con los impresionantes surcos de su frente profundamente acentuados, enmarcados por blancas melenas de pelo, abriendo mucho sus ojos carentes de color, en los que Hans Castorp creyó ver una sombra de espanto ante la mera idea de aquel crimen, de aquel gran pecado, aquella debilidad imperdonable a la que había aludido y en cuyo horror obligaba a penetrar, lo ordenaba en silencio, con todo el poder de fascinación que emanaba de su oscura naturaleza de soberano...

[...]

-Hermano, deja que te tutee- dijo Peeperkorn, echando hacia atrás su fornido cuerpo, presa de una embriaguez rebosante de libertad y orgullo, estirado el brazo sobre la mesa y golpeándola con el puño sin fuerza-, deja que tutee, te tutearé dentro de poco..., dentro de poco, cuando la cordura...Bien. ¡Punto redondo! La vida, joven, es una mujer tumbada, con los pechos llenos y prietos, con un gran vientre liso y blanco entre las caderas robustas, con los brazos frágiles, los muslos carnosos y los ojos entornados, que, en su provocación magnifica y burlona, exige nuestro más alto valor, toda la fuerza de nuestro deseo masculino que le haga frente o que se rinda vencido..., vencido, joven, ¿comprende lo que esto significaría? La derrota del sentimiento ante la vida, ésa es la debilidad para la cual no hay perdón, no hay piedad, no hay dignidad, sino que se maldice despiadada y sarcásticamente. ¡Punto redondo, joven! Asunto zanjado... Vergonzante y deshonroso son calificativos débiles para indicar esa ruina y esa quiebra, para ese espantoso ridículo. Es lo último, la desesperación infernal, el fin del mundo..